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Fuente: APLAUSOS

En la corrida del 29 de mayo, la de Torrehandilla, una de las sólo dos de San Isidro que pasaron de las dos horas y media, fue segundo de terna David Galván. Uno de los contados matadores de la feria capaces de tumbar sus dos toros de lote de otras tantas estocadas impecables. Una rara perfección técnica, un dominio seguro de la suerte.

Como si el mero hecho de haber nacido en La Isla de San Fernando, patria chica de Rafael Ortega, confiriera carácter. En “ El toreo puro” el texto tan bellamente transcrito por Ángel Fernandez Mayo hace treinta y tres años, Rafael Ortega dejó memoria escrita de la razón, el sentido y el misterio de la suerte suprema. Se tiene a Rafael Ortega, el torero de toreros por excelencia, por el mejor estoqueador de su época, los 50 y parte de los 60, y tal vez de todas las épocas, solo que sin pruebas ni testigos de todas ellas. Si toreaba Rafael Ortega, la gente del callejón atendía y escuchaba. Un privilegio. Y cuando iba a entrar a matar, se escuchaba y guardaba en la plaza entera un mítico silencio.

La fórmula de la estocada pura, expuesta con elocuente claridad, no es de ejecución sencilla. Pero David Galván ha acertado en ponerla en práctica más de una vez. Que el toro salga muerto de la mano y el acero que lo hieren, digamos. Habrá leído Galván el libro de doctrina unas cuantas veces y sin saltarse uno de sus capítulos más brillantes, no el único. Aunque la estocada haya perdido a ojos de las mayorías, su carácter de suerte de máximo o supremo riesgo, conserva inalterados y latentes su valor clave de firma y rúbrica, su riguroso peso específico